La vida esta llena de peleas. Se trata de estar sumergidos en un océano basto sin tener muy claro como nadar. Aleteamos con brazos y piernas, para tratar de salir a flote. La mayoría lo hacemos, a pesar de los que se quedan en el camino. A veces ganamos y a veces perdemos, pero cuando ocurre lo segundo las más de las veces nos engañamos pensando que en realidad empatamos. En el tablero general, en todo caso, es seguro que hay más derrotas que victorias –porque, contrario al sentido común, es posible que dos contrincantes pierdan, como en los duelos en que ambos rivales dan en el blanco-
Algunas peleas nos marcan. Son decisivas y van tatuando nuestro relato, subrayando nuestra historia. Estas son las peleas épicas, como la pichanga contra el curso paralelo de la generación (ese maldito cuarto A), la prueba de selección universitaria, el examen de grado o enamorar a esa mina que en la universidad te mira como si al perro. Pero hay otras peleas cotidianas, anónimas, breves. Es sobre estas peleas que quiero escribir hoy.
Son peleas, no desafíos. Porque implican hacer trampa, implican morder fuerte y jalar el pelo si es necesario. Son peleas porque no hay igualdad de fuerzas. Algunos usan ejércitos y otros pelean de espaldas, mientras corren. Son peleas, no discusiones, porque se materializan de manera muy concreta en nuestra rutina. No se quedan en aquellas palabras que nos convencen de levantarnos en la mañana, sino que resuelven el modo en que vemos el mundo en ese instante que ocurre antes de que nos vayamos a acostar. Son peleas, no competencias, porque siempre hay alguien que pierde, alguien que no podrá volver a empezar, alguien que no verá la próxima temporada, ni tendrá una segunda oportunidad.
Estas peleas están ahí, desde siempre. Y depende de nosotros cuando recoger el guante. A veces el riesgo es muy grande, y es mejor retirarse; como cuando la polola se enoja por algo que hicimos mal, tal cual como antes se enojaba la mama. Otras veces el botín hace que no valga la pena el esfuerzo, y disfrazamos nuestra falta de interés como generosidad y altruismo.
Pero las más de las veces las peleas están ahí, y sin embargo no hacemos nada. Nos quedamos paralizados, esperando que las cosas “se den”. Como si el resultado dependiese de los lados de un dado. Yo me siento parte de esta espera, de esa pasividad enfermiza. He sido testigo del palco de los idiotas, de los cobardes, y me quiero rebelar.
Hay una primera pelea. La con uno mismo. Esa en que colisionan dos posturas. Voy o me quedo. Salgo o me refugio. El que no gana esa pelea, pierde todas las demás sin siquiera empezarlas. El que no se decide a ganarle al peso de uno mismo, aquel que no entiende que no es posible blandir alma alguna sin primero saber empuñar la propia identidad, lo pierde todo.
Dije que quiero escribir de las peleas cotidianas. Si, de esas que se dan cuando hay que escoger que música escuchar, que tipo de cerveza hay que beber o con que mujer hay que bailar. Y para esas peleas, tengo buenos aliados. Espero, por tu bien, que seas uno de ellos.



